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El ser o no ser del Arte

Llama bastante la atención el papel que juega hoy el arte en nuestra sociedad contemporánea. Cada vez son más las personas que se interesan por la cultura y por las diferentes vertientes de la actividad artística: los más importantes museos del mundo reciben un número de visitas elevadísimo, muy superior al de hace escasamente cincuenta años; casi todas las capitales del mundo cuentan con salas multidisciplinares, auditorios, ferias o certámenes periódicos de una u otra manifestación artística; el arte y la cultura son parte importantísima del reclamo turístico y del engranaje económico de cualquier sociedad. Pero la manera que tenemos de enfrentarnos a los objetos artísticos no es, por norma general, como cabría esperar.

Seguimos en la esfera kantiana de la estética por el gusto, yendo al Louvre a fotografiarnos con la Gioconda, en la Ópera a ver Madama Butterfly o el Palacio Real de Bangkok porque es visita obligada según todas las guías y, así, damos testimonio de que “hemos estado allí”, o hemos disfrutado de una música o de una visita que nos ha gustado, o que nos han dicho que nos gustaría, o que se supone que nos tenía que gustar o de conmover [1]… Por eso es necesaria, y es voluntad de muchos y diversos autores contemporáneos, una nueva educación de la visión estética, una manera de enfrentarnos a las creaciones artísticas desde otra disposición, mucho más activa, analítica y con una perspectiva histórica y cultural fundamentada, para evitar observaciones meramente especulativas, finalistas o de idolatría a unos autores, socialmente reconocidos o prestigiados, por encima de otros.

Seguramente por el simple ejercicio especulativo que antes comentábamos (la Gioconda, la ópera, Bangkok …) ya estamos, sin ni siquiera darnos cuenta de ello, participando en el juego de la hermenéutica de Gadamer, dotando a las obras que contemplamos de una significación nueva y distinta [2]. De hecho, en los museos, las guías y patronatos turísticos, y en las cada vez más numerosas asociaciones culturales que conforman nuestra sociedad, se hacen esfuerzos encomiables para contextualizar y ponernos en antecedentes históricos ante las obras que se nos muestran, para que nuestra interacción con ellas sea más eficaz, y la experiencia artística pueda llegar a ser mejor, más plena. “Si la historia, y singularmente la Historia del arte, afronta el conocimiento de las obras según su evolución en el transcurso de los siglos, se debe tener en cuenta que nuestra época impone una conciencia diferente de la del pasado [ …] que debe responder a las exigencias de nuestra conciencia actual ” (Berger 1976:18), con lo que el arte no es sólo en sí mismo, sino también con nosotros, con nuestro pasado, nuestro aquí y nuestro ahora. Deberíamos conseguir entre todos la consecución de un nuevo paradigma donde el arte existiera, verdaderamente, en la interpretación de sus objetos artísticos, lo que nos llevaría, sin duda, a un contacto directo con los conceptos absolutos que forman nuestro conocimiento de las cosas que nos rodean.


[1] Son muy interesantes las aportaciones de Jauss a las teoría gadameriana del puente hermenéutico y la fusión de horizontes en cuanto a las expectativas, de ahí que Jauss piense que toda “historia de las interpretaciones sucesivas debe ir acompañada también de una historia de las expectativas “(Ocampo y Peran 1993:246), de lo que esperamos o que tenemos la esperanza de que la obra de arte nos ofrecerá.

[2] La obra de arte, desde el punto de vista de Gadamer, deja de ser exclusiva del genio y de sus reglas cuando es compartida con sus receptores y sus interpretaciones, en contraposición con las ideas de Kant, el papel del receptor no es el de la simple contemplación subjetiva, sino más bien el de la participación. La obra no es sólo una una creación aislada o una vivencia que satisface el gusto, sino que “en el proceso de comprensión [de la obra por parte del receptor] se establece un puente hermenéutico que, por su parte, se construye mediante las sucesivas interpretaciones históricas de la obra hasta llegar a colmar la distancia temporal [lo que Gadamer llamará fusión de horizontes] entre la obra y su intérprete “(Ocampo y Peran 1993:246).

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