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No todo es relativo (2), ni absoluto

En una entrada anterior expuse la inconveniencia del relativismo moral, críticamente ligado a problemas como la diversidad de criterios o el conflicto de valores;  en resumidas cuentas, se trataba de hacer ver cómo la aceptación del axioma ‘todo es relativo’ nos puede llevar a un peligroso ‘todo vale’, o lo que es peor, a la indiferencia y el ‘medalomismo’ por la propia inercia que generaría el relativizar, y querer dar como igualmente válidos, los tan diversos criterios y tradiciones socioculturales existentes a la hora de abordar cualquier tema.

En la antítesis, hay quien piensa que hay una serie de acciones o conductas que frente a un dilema moral y sus posibles soluciones siempre encontrarán una resolución adecuada como mejor opción, o como mínimo como la menos desafortunada, fruto de un valor que se puede hacer general y universalizar. Esta manera de pensar, que se conoce precisamente como universalismo, “suele derivar de la fe religiosa, de la creencia en la ley natural o de un enfoque racionalista del progreso”[1], y nos invita a hacer juicios morales (mientras el relativismo, como se comentó, nos invita a la abstención valorativa, a encerrarnos en el ‘depende’).

Con todo lo expuesto, puede dar la sensación de que el universalismo sea la única opción sensata; pero sucede que también podríamos hablar del problema del universalismo (también llamado “absolutismo moral”): a menudo puede evocar las reglas compulsivas ejercidas por las doctrinas religiosas y ciertos gobiernos, que en esta sociedad cada vez más laica y liberal nuestra produce un evidente rechazo; puede pasar, también, que la perspectiva universalista se asimile excesivamente a la tradición filosófica y científica occidental, con un alto riesgo de etnocentrismo que podría ser visto como un intento de imposición moral globalizante.

La simbología de ‘Los tres monos sabios’ va ligada a la rendición al sistema (no hablar, no escuchar, no observar), pero también a la prudencia como virtud.

Lo que no podemos perder de vista es la voluntad de valor del universalismo: sus propuestas morales invitan a hacer juicios morales, pues es una moral de las razones y no una moral de los motivos. Aborda el cómo deben ser o cómo deberían ser las cosas (y no el cómo son), cosa que incentiva contínuamente el diálogo para la resolución de los conflictos morales, de una manera universal y perdurable, en aras de una mayor felicidad individual y colectiva. Los Derechos Humanos són el mejor ejemplo de ello: existen derechos inviolables a toda persona en la tierra que son de obligado cumplimiento moral, independientemente de la tradición, las prácticas o creencias de cualquier grupo puesto en cuestión, y éstos no son unos valores impuestos por los paises desarrollados hacia otros, sinó auténticos valores humanos que trascienden épocas y culturas.

En definitiva, nuestras acciones pueden ser condicionadas, dirigidas a unos fines y objetivos de entre los cuales el fin máximo seria la consecución de la felicidad (la ‘vida buena’, ausente de sufrimiento); o pueden ser también incondicionadas, de manera que esta acciones responden a la autoconsciencia de la norma y su cumplimiento, como deber moral. Centrarse exclusivamente en alcanzar la felicidad puede parecer demasiado osado, de la mismo modo que una ética de la conciencia parece un concepto demasiado abstracto, y alejado de la realidad cambiante de nuestra vida cotidiana:

“Quién puede hoy pretender que posee el secreto de la vida feliz y preocuparse de extenderlo universalmente, como si a todo el mundo le conviniera el mismo modo de vida buena?” se pregunta Adela Cortina…

Es evidente que todos anhelamos una vida feliz. Y ésta, a mi parecer, queda garantizada por todas las normas y deberes universales que nos situan, al menos teóricamente, en igualdad de condiciones ello. Pero ni el relativismo (cada cuál que haga según su tradición y costumbre, sin cuestionamiento, porque así ha sido siempre), ni el absolutismo moral (hay que hacer esto, aquello, y lo de más allá, porque así está mandado y vale para todos), entendidos de manera estricta, nos llevarán a ella. Nuestras acciones tienen que ir encaminadas a mejorar nuestro caracter individual a la vez que perfeccionen la convivencia entre todos nosotros, para así hacernos seres más autónomos, dignos y capaces de autoimponernos la cantidad de normas necesarias para hacer posible moralmente estas mejoras. Y el mejor camino, ya nos lo enseñó Aristóteles en el siglo IV antes de nuestra era, será el de la prudencia, el del punto medio entre una manera de proceder y la otra.

Lo universal está en la relativización de lo absoluto, o en aquello de absoluto que hay en lo relativo a cada uno de nosotros.


[1] Lukes, Steven. Relativismo moral. Madrid: Paidós, 2011. Página 12.

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La Felicidad: un imposible-necesario

Aunque felicidad y placer son conceptos que se encuentran íntimamente ligados, no son la misma cosa.

Desde los primeros tiempos del pensamiento se ha intentado encontrar respuesta a una de las cuestiones morales más trascendentes de la existencia humana, que se pregunta cuál es el sentido de la vida, cuál debe ser nuestro objetivo, nuestra finalidad, o en qué dirección deben ir nuestros actos y tomas de decisión. Y la respuesta de la mayoría de los pensadores clásicos fue la misma: la felicidad, entendida como el estado de ánimo de plena serenidad, tranquilidad o satisfacción, es el bien supremo y también la finalidad última. En este camino hacia la felicidad, las morales antiguas intentaron cada una de ellas teorizar sobre cuál era la manera por la que se podía conseguirla. Los clásicos la buscaron a partir de la razón, por la que se llegaba a la verdad ya la autorrealización como persona, a la época helenística la ataraxia era el camino, siendo las virtudes la vía de los estoicos, la indagación la de los escépticos, y el placer la de los epicúreos, el neoplatonismo estableció la felicidad en la verdad, que asimilaba en el Uno, que más tarde Agustín y Boecio identificaron con el Dios cristiano.

Así las cosas, podemos concluir que la felicidad debe entenderse como un bien supremo, en mayúsculas, y como una finalidad de nuestro devenir con un carácter trascendente, mientras que el placer sería uno de los estadios de este devenir, un criterio de valor (eminentemente positivo, en contraposición al negativo que sería el dolor o el sufrimiento, por ejemplo) dentro del proceso. El placer puede manifestarse de muchas maneras, es decir, pueden existir muchos y diversos tipos de placer, desde los más naturales y necesarios como el satisfacer el hambre y el mantenimiento de una buena salud (ejercicio físico), hasta placeres que emanan de la inteligencia • intelecto y la psique (hambre de conocimiento, investigación), de la emotividad (relaciones interpersonales, familia, amistad), de las convicciones (oración, meditación, solidaridad, caridad), de la contemplación o la estética (disfrute de la belleza) … Todos ellos, en definitiva, contribuyen a un mismo fin que no es ni más ni menos que nuestra Felicidad.

Visto de esta manera, el logro de la Felicidad es una larga carrera de fondo que parece no acabarse nunca, de hecho, algunos autores han considerado la Felicidad como un imposible. No hay duda, sin embargo, que la motivación de conseguirla es lo que nos hace levantarnos cada mañana con optimismo y ganas de salir adelante, de intensificar nuestros esfuerzos para obtener las recompensas -placeres- que harán nuestra vida más satisfactoria, serena, o equilibrada, con lo que se convierte al mismo tiempo en una necesidad. Por ello, no deberíamos resignarnos nunca ni dejar de buscar ese imposible necesario.[1]


[1] La definición de la Felicidad como imposible-necessario  fué introducida por el filósofo español Julián Marías.