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Palabras 2.0

Dicen que las palabras se las lleva el viento; hoy, además, son bits en la nube.

Desde que la especie humana vive en sociedad, la necesidad de comunicación la llevó a esforzarse en encontrar un código válido para todos, un sistema que le resultara sencillo, rápido y eficaz para hacerse entender y entender a los otros. Los humanos hemos desarrollado, física, intelectual y tecnológicamente, la capacidad comunicativa del habla, que transforma una serie de fonemas sin significado a priori en una infinita combinación semiótica de morfemas y palabras, en una estructura creativa e infinita que hemos denominado lenguaje. Toda cosa, física, real, abstracta o imaginaria, ha tenido, tiene o tendrá una palabra correspondiente, y es por medio de esta combinación que los individuos creamos los discursos que nos sirven de expresión.

Dicen también que la escritura es la pintura de la voz; la escritura es, para todos nosotros que hemos tenido la suerte de la alfabetización, esta técnica que nos permite por un lado expresarnos y por otro hacer nuestras palabras un poco eternas. Decía Sócrates, el gran filósofo de la Grecia clásica, que por cierto no nos dejó ninguna palabra escrita: “Háblame para que yo te pueda conocer”. Aquí es donde radica el quid de la cuestión, todos y cada uno de nosotros tenemos, como individuos sociales, la necesidad de la comunicación, tanto como emisores como receptores de mensajes y discursos. Tenemos, en mayor o en menor medida, las capacidades físicas necesarias para la realización de esta tarea comunicativa. Pero tenemos también, y en eso deberíamos prestar especial atención, una serie de capacidades intelectuales y culturales definitorias que nos permitirán articular nuestras palabras de una manera o de otra, expresarnos con más o menos calidad y cantidad de recursos, darle a nuestras palabras un sentido u otro, una significación u otra, una intencionalidad o ninguna. La escritura es como un gran cazamariposas de palabras que se llevaría el viento.

Es la forma y el juego que le damos a las palabras, orales o escritas, lo que nos hará buenos conversadores, oyentes, o escritores, dependiendo de cada circunstancia comunicativa. Al hacer nuestras las palabras, expresamos, comunicamos y nos definimos, al tiempo que nos vemos en la obligación de aportar algo, de generar diálogo, de contribuir al circuito: muchos usuarios han entendido los blogs de manera equivocada, como un sistema de publicación de información personal, y han volcado a la red datos y reflexiones personales, legítimas, pero sin mucha capacidad de atraer la atención, el interés ni la respuesta de nadie. Otros usuarios, en cambio, han asumido el blog como un sistema de publicación personal idóneo para vehicular contenidos e informaciones de interés individual o colectivo tradicionalmente marginados en los grandes y convencionales medios de comunicación. Ahí reside el valor de las palabras 2.0. Cualquier otra cosa sería, también en el entorno digital, hablar por hablar. O cazar mariposas sin ton ni son.

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El Arte y los humanos

Lo que diferencia la especie humana de los animales es la capacidad de razonar las cosas. Pero hay una segunda facultad fundamental que define al hombre, el sentido de la calidad, entendida como una incesante voluntad de ser mejores y mejorar lo que le rodea, en una continua búsqueda de la Belleza. Y es en esta misma dualidad entre razón y calidad donde nace el Arte; si la razón sería el equivalente a la ética, la moral (e incide en nuestras acciones), el concepto de calidad se equipara al de estética (que se refiere a nuestras creaciones).

Es por ello que la necesidad de una Historia del Arte reside en el conocimiento de nuestras acciones, donde el arte es en sí mismo un documento histórico, o un vehículo para la transformación de la realidad, o directamente un creador de realidades nuevas, y también de nuestras creaciones, ya que el arte es reflejo directo de nuestros sentimientos, emociones, de nuestra alma como individuos y como grupo, siendo así un documento histórico en cuanto a la sociología o la psicología social. El arte es una muestra de la cultura compartida por un grupo vista desde la individualidad del artista.

Muchas veces tendemos a pensar que el Arte y la Historia del Arte van de la mano de la Historia general, y no es del todo así. Es evidente que el arte depende y se moldea según una serie de premisas históricas, geográficas y sociales, y que siempre se podrá contextualizar históricamente en mayor o menor medida. Pero el arte tiene, podríamos decir, una vida propia, al igual que las formas que componen este arte. Por un lado, la obra de arte tiene el poder de influir al hombre en forma de emociones o sentimientos, e incluso puede marcar las conductas. Un ejemplo claro de ello lo tenemos en la utilización del arte por parte de las estructuras de poder, o las diferentes religiones: la imagen impone al hombre una visión diferente de la realidad. Pero al mismo tiempo, y por esta misma visión diferente, tiene la capacidad de dar forma a todas aquellas cosas que el hombre no puede realizar en la realidad y que debe llevar a cabo mediante la sugestión, los sueños, las idealizaciones, en definitiva, dentro del ámbito de la imaginación. Las emociones más profundas del hombre tienen lugar en la obra de arte: el artista libera las propias dentro de la obra, y el espectador se enfrenta a las suyas a través de la observación (lectura, visión, simple presencia, interpretación) de la obra, que contiene implícitos todos estos deseos y emociones.

El arte le permite al hombre representar (dejar impresión de algún aspecto externo del Universo) y expresar (proyectar a la obra su interioridad), creándose así un puente entre estas dos realidades que el arte se encarga de vehicular. Esto precisamente es lo que da explicación a la existencia misma del arte, su papel y razón de ser en el equilibrio humano, con todo lo que le rodea y todo aquello que lo conforma. Y la Historia del Arte será el instrumento que nos permitirá entender todas las formas de representación y expresión llevadas a cabo por el hombre, lo que nos llevará en última instancia a entender la Belleza misma, como meta inequívoca de todo arte.


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Una Historia nueva…

Hay dos maneras de entender el mundo, el papel del hombre en la tierra: la cultura occidental, que adopta un discurso laico y profano, prima los aspectos singulares de la Historia y los clasifica en una linealidad que nos lleva a pensar en una evolución (supuestamente, cada vez vamos a mejor), en una coherencia lógica de los acontecimientos donde todo tiene una causa y un efecto. El tiempo se periodización y el cambio marca las épocas, el espacio se racionaliza y departamentos, se crea una relación de sintagma entre el hombre y todo lo que le rodea, es lo que se ha llamado el Discurso Lógico.

Por el contrario, las culturas no occidentales del presente y del pasado se basan en el paradigma, ya que a partir de un discurso religioso, sagrado o mítico, basado en la repetición de arquetipos y ritos que remiten a un tiempo primigenio, se integran todas las criaturas terrenales y todos sus actos, en un equilibrio cósmico. Todo remite a modelos divinos, y la coherencia vital no se encuentra en el transcurso sino en el sistema virtual de relaciones, donde el papel del mediador (rey, jefe de la tribu, faraón …) entre lo divino y lo terrenal juega un papel esencial a la hora de mantener el orden. El tiempo remite siempre a la tradición y la permanencia, y el espacio en el arquetipo cósmico, volviéndose trascendente. Este es el Discurso Mítico.

Esta bipolaridad hace que la Historia sea patrimonio del Discurso Lógico, que la estructura y clasifica, y que paradójicamente las civilizaciones de Discurso Mítico la nieguen en pro de la repetición, del “eterno retorno”. Si a todo ello unimos la tradicional prevalencia del pensamiento occidental, veremos cómo la Historia ha sido escrita desde un punto de vista principalmente eurocéntrico, imponiendo sus teorías, métodos y estructuras en la explicación de las otras culturas.

La diversidad de las culturas tiene un carácter dinámico, toda cultura está en contacto con otras culturas, contemporáneas o no, autóctonas o lejanas, y lo realmente importante es la relación que se establece entre ellas. Por tanto, no deja de ser injusto que sólo le demos validez a lo que encaja en nuestros estándares occidentales y no reconozcamos al otro. Se ha de diseñar una praxis realmente válida para el análisis de la alteridad, en base a la relatividad cultural (toda cultura es digna de ser considerada como tal) y la erradicación del papel “colonizador” de la cultura occidental . Tenemos el deber de escribir una Historia de la Humanidad renovada. Dice Lévi-Strauss que “el reconocimiento de la alteridad y de la diversidad cultural de formas y procesos culturales cualitativamente diferentes a la occidental, y la relativización del papel de occidente en la Historia de la Humanidad implican (…) una ‘Nueva Historia ‘.”[1] Este es el reto del humanista de mañana: reescribir la Historia de la Humanidad, teniendo pero cuidado y en cuenta lo que decía Ortega y Gasset: “La verdad no es relativa al hombre, sino el número y clases de verdades que podemos poseer”. [2]

[1] Lévi-Strauss, C. Raza e historia, Ed.. 62, Barcelona, 1969.

[2] José ORTEGA Y GASSET, Investigaciones psicologicas, XIV, in: Obras completas, Ed.. Revista de Occidente en Alianza editorial, Madrid, 1983, t. XII, p. 442.