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No todo es relativo

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A la hora de enfrentarse a problemáticas que exigen un juicio moral, la tendencia más común en la actualidad es la respuesta por la vía relativista. Desde que la antropología instaló el concepto en la cultura postmoderna haciéndose abanderada del respeto hacia las otras culturas, la alteridad y la tolerancia, el relativismo, partiendo del axioma “todo es relativo” y de que no existen valores absolutos ni universales, se ha trasladado a otras esferas del pensamiento, como el de la filosofía de la acción, la moral. Esta traspolación se puede entender de dos maneras. La primera, como un problema de diversidad: frente a los diferentes criterios de cada sociedad, se rechaza la posibilidad de un único código moral válido, por lo que no hay una moralidad mejor ni peor que la otra sino que cada una de ellas es válida en tanto que es funcional para la sociedad que la sustenta[1]. La creencia que todo es relativo a nuestra época, a nuestro ámbito geográfico, cultural, incluso a factores externos diversos como las costumbres o el lenguaje, hace considerar la existencia de una gran diversidad de criterios morales a lo largo y ancho del planeta y de la historia, por lo que las opiniones y prácticas de un individuo se ven indisolublemente ligadas al lugar y al momento de la sociedad que le ha tocado vivir (y al ser relativas a su espacio y a su tiempo, no se pueden objetivar, y menos aún universalizar o hacer absolutas).

Una segunda manera de ver el relativismo es desde la perspectiva del conflicto de valores: no es posible juzgar las opiniones ni las maneras de obrar de los demás, ni tampoco pretender que todo el mundo se adecue a nuestra manera de hacer y razonar, ya que el código del otro es igual de válido que el mío para nuestras sociedades relativas. Y está claro que se acepta que pueda haber coincidencias más o menos generales en cuestiones fundamentales, pues la relatividad moral no significa la ausencia de aceptación universal, sino tan sólo la negación de su aplicabilidad universal.

La postura relativista podria parecer la opción más adecuada a la hora de abordar las problemáticas morales de nuestra sociedad contemporánea, cada vez más globalizada, multicultural y multirracial; pero el respeto a la diversidad y la voluntad de evitar conflicto de valores no convierten el relativismo, contrariamente a lo que se pudiera pensar, en estandarte de la tolerancia, sino que lo hacen tender a la indiferencia: ser tolerante no es aceptar que “todo vale” , sino ser consciente (autoconsciente) de unos valores propios consolidados que se consideran revisables, dando pie a un diálogo intercultural que invita al juicio e incentiva el progreso moral; la gran paradoja y principal  problema del relativismo reside en el imperativo de respetar al otro, en una tolerancia sin límites que como no hay juicio ni puesta en duda nos empuja a abstenernos, a encerrarnos en el “depende”, derivando en una abstención valorativa que desemboca en un peligroso “medalomismo” moral.

Si no somos capaces de ponernos de acuerdo en las cuestiones más simples, difícilmente podremos abordar las complejas; hay que tener bien presente que “el mundo no sólo es tal como es, sino que además, dado que el ser humano lo habita y lo anima, es también tal y como puede ser, y tal y como debería ser”[2], lo que el relativismo no garantiza de ninguna manera en su camino hacia la indiferencia.


[1] Este argumento es del todo criticable en tanto que la diversidad “no refuta la posibilidad de que existan algunas creencias mejores que otras por ser más verdaderas o más justificadas que las demás”, lo que nos priva de la confianza moral necesaria para condenar aquellas acciones que nos parezcan inadecuadas, además “de eliminar la sensación de conflicto” inherente a la discusión moral. (cfr. Wong, David «El relativismo» en Compendio de Ética de Peter Singer, 593-603. Madrid: Alianza Ed., 1995). Es decir, que la ablación, la necrofagia, u otras prácticas minoritarias pueden merecer cierto respeto cultural, pero deben ser fuertemente condenadas desde la humanidad y la moral universal.

[2] Savater, Fernando. Invitación a la ética. Barcelona: Anagrama, 1982. Página 62.

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Autor: carlesbove

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