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De repúblicas bananeras y neocolonialismo agrario

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Si bien puede parecer que las actividades agrícolas juegan un papel secundario en las economías de los países desarrollados (por la poca aportación a los PIBs respectivos en comparación con la industria o los servicios, o la relativamente baja ocupación que generan), lo cierto es que son una fuente importante de riqueza, y también de control, a nivel mundial, de esta riqueza; los países desarrollados tienen los mecanismos y la tecnología necesaria para hacer que sus cultivos sean más resistentes (por la tecnificación, los procesos agroquímicos, la selección y manipulación de semillas, los pesticidas…), más fáciles de obtener, almacenar y distribuir (por la mecanización, la logística, los mejores transportes y comunicaciones que facilitan los intercambios), y con una mejor capacidad productiva (cultivos intensivos, especialización) que generan excedentes al autoconsumo susceptibles de exportar. Además, los países más ricos suelen acaparar la producción de los productos básicos y de primera necesidad, así como los que proporcionan mayores rendimientos en términos económicos.

Por el contrario los países subdesarrollados, al margen de actividades de subsistencia, se han visto abocados a la producción especializada de productos no básicos (dejando el arroz al margen), exóticos o de lujo para los países ricos. Esto provoca que estos países sufran un déficit importante de alimentos en su balanza comercial como resultado de la poca diversificación agrícola y la especialización en la exportación de unos pocos productos determinados, provocando que la dependencia de un único producto, a menudo explotado en grandes latifundios por empresas extranjeras, los obligue a la importación de alimentos básicos (en poder de los ricos) que los llevan a un endeudamiento ad aeternum.

Históricamente, el Sur ha sido expoliado por el Norte: no sólo nos hemos llevado sus riquezas materiales, sinó que también nos hemos hecho dueños y señores de sus recursos, de sus espacios y de sus capacidades. El mejor ejemplo de este “capitalismo agrario” lo encontramos en las plantaciones.

Portada del libro “Bananas, how the United Fruit Company shaped the world” de Peter Chapman.

El origen de la agricultura de plantación se remonta a las primeras colonizaciones llevadas a cabo por los europeos, españoles y portugueses en América, aunque su mayor desarrollo se dió en el siglo XIX con las colonizaciones inglesa, francesa, holandesa y belga en África y el sureste asiático, y en el siglo XX por los estadounidenses en el Caribe y América Central. Las grandes corporaciones, con el consentimiento y la complicidad de los gobiernos occidentales, no sólo controlan y explotan las plantaciones, las líneas de ferocarril, los puertos fluviales y marítimos y las principales redes de comunicación y distribución, sinó que, en consecuencia, controlan a su vez la única fuente de riqueza, trabajo y progreso de estos países. Y no han tenido ningún tipo de escrúpulo a la hora de priorizar el propio beneficio económico por medio de la extorsión, el chantaje, los sobornos, la intervención política y militar, la sumisión o incluso el exterminio, con una impunidad descarada (sólo un ejemplo: la United Fruit Company americana, con sede central en Boston, controlaba a mitad del siglo pasado la producción de plátano y banano de Honduras, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica o Guatemala; promocionó y financió buena parte de la construcción del canal de Panamá, administrado por los americanos hasta 1999, y tuvo la complicidad de la CIA, y los gobiernos de Roosevelt, Truman o Eisenhower, que controlaron política y militarmente estas “repúblicas bananeras”)[1].

En la actualidad las cosas no son diferentes. Las mismas políticas neoliberales que han anulado la capacidad de los países de autoalimentarse han posiblitado una especie de nuevo colonialismo, que algunos ya han llamado “neocolonialismo agrario”, consistente en la adquisición por parte de inversores privados de tierras agrícolas en países del Sur, con una fuerte voluntad especulativa. Desde 2008 se han adquirido de esta manera cerca de 56 millones de hectáreas de tierra en el planeta, la mayor parte, más de 30 millones, en África[2], el continente que más hambre pasa y que más necesita autogestionar con éxito su suelo. En lugar de universalizar la tierra, la privatizamos y especulamos con ella. El expolio no se detiene.


[1] Para ampliar y confirmar estas informaciones resulta muy interesante el artículo La Frutera, de Manuel Leguineche (http://www.udel.edu/leipzig/071198/elc161198.htm), así como descubrir la biografia del general del Cuerpo de Marines americanos Smedley Butler: Butler, el hombre que pudo pensar. (http://www.gentevista.com/?p=481).

[2] GRAIN (25 de octubre de 2008). ¡Se adueñañ de la tierra! El proceso de acaparamiento agrario por seguridad alimentaria y de negocios en 2008. (http://www.grain.org/es/article/entries/142-se-aduenan-de-la-tierra-el-proceso-de-acaparamiento-agrario-por-seguridad-alimentaria-y-de-negocios-en-2008#_ftn18).

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Autor: carlesbove

www.about.me/carlesBS

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