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La política y las utopías

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Entendemos por política la práctica ejercida con el objetivo del bien común, la administración de justicia, y la garantía de equilibrio en el sistema de relaciones, en todos los ámbitos, entre las personas de una misma colectividad. Es por tanto una actividad derivada de la capacidad/necesidad de vida en grupo de los seres humanos y de su socialización. Pero la clave de toda esta organización social radica en cómo y de qué manera se tiene que organizar y llevar a cabo esta práctica.

En el Renacimiento, el humanismo representó la renovación del hombre en su individualidad, al estilo de la Grecia clásica, lo que implicaba también una renovación en sus relaciones sociales, es decir, en la política. En este sentido, surgirán dos tendencias bien marcadas: la iusnaturalista, cimentada en la organización de la comunidad en base al ‘derecho natural’, y la historicista, como un retorno a los orígenes históricos de una comunidad determinada, que encontrará la renovación en sus principios y fuerzas primitivas.

El pensamiento de Tomás Moro es el que mejor representa el inicio de la vertiente iusnaturalista de la nueva política, que sintetiza en su Utopía de 1516. Moro intentó teorizar un nuevo orden social basado en la razón y la ética, la tolerancia religiosa, la solidaridad fundamentada en el placer del conjunto y en la propiedad compartida, pues pensaba que uno de los principales males y fuente de las diferencias y conflictos de su tiempo era la propiedad mal adquirida. Establece una estrecha relación entre el gobierno racional y la intelectualidad, siendo los Consejos de Sabios los que garantizan la felicidad y la armonía de la comunidad por medio de unas leyes naturales, positivas y universales.

Maquiavelo por otra parte inicia el realismo político, que se desmarca de las antiguas concepciones políticas de carácter moralista, para hacer una política de hechos, en un historicismo que debe reconocer claramente los orígenes de la comunidad (en su caso, una República italiana fuerte y unitaria), y la manera de llegar a esta meta. El Estado mismo tiene una razón propia y natural, defendida con uñas y dientes por un Príncipe que se erige en garante de la virtú, la capacidad política para comprender la realidad de una manera objetiva, una astucia política muchas veces ejercida por medio del engaño y la mentira, de leyes negativas (en el sentido de prohibiciones, limitaciones a la libertad en pro del objetivo común) o de juegos de compensación entre los más diversos intereses.

Si miramos estos dos sistemas desde la perspectiva contemporánea, podemos ver como, aunque evolucionados, siguen presentes. De hecho, el realismo político es, pertinentemente burocratizado y con el envoltorio de la democracia, el modelo imperante en la política de nuestros días que trata de gestionar, no sin ironía, unas comunidades teóricamente asentadas en los criterios de libertad, igualdad y fraternidad. El contexto en el que nos encontramos es el de una sociedad vertebrada en los postulados del sistema capitalista, del consumo, de la propiedad privada y de la libre competencia, pero también de unos Estados regulados por una serie de derechos y deberes constitucionales, una legislación que vela por el bienestar y la igualdad de oportunidades para todos, y que castiga a quien se sale de la norma. En nuestros Estados actuales, el precio que debemos pagar por la libertad va muy ligado al concepto de seguridad, por lo que la paz se garantiza por medio de la guerra (el mejor ejemplo lo tenemos en las políticas neoconservadoras norteamericanas). El ejercicio del poder se lleva a cabo con demagogia e impunidad desde los más diversos púlpitos, con la complicidad de los grandes grupos y medios de comunicación (que, no lo olvidemos, o son empresas privadas que buscan la rentabilidad económica y deben tener el poder de cara, o son entes públicos subvencionados por los gobiernos mismos), y a menudo mintiendo si se da el caso, como están demostrando las publicaciones de documentos secretos en WikiLeaks…

En contrapartida, y a priori, podría parecer que el sistema utópico planteado por Moro sería el modelo de organización ideal, lo más parecido a una democracia pura, una sociedad comunal y altruista donde no existieran los conflictos ni las desavenencias, con unos ciudadanos de una altura moral excelsa que cumplieran en cada momento la función que la utopía les asignara. Ha habido a lo largo de nuestra historia muchas utopías: las federativas de Owen y Fourier, el anarquismo de Proudhom o Bakunin, el comunismo marxista-leninista, o las utopías de emancipación de grupo, como el movimiento juvenil, el feminista, el sionismo, la contracultura hippie o el mayo del 68. Pero el modelo utópico contiene en sí mismo una serie de carencias y, sobre todo, muchas contradicciones; se trata a menudo de teorías que se pueden plantear sobre el papel, pero de muy complicada realización efectiva.

A grandes rasgos, utopía y realismo político son dos caras de la misma moneda. La libertad total, al igual que la felicidad absoluta, no existe; siempre deberá tener límites. Visto como está el panorama, no sería de extrañar que el modelo actual se agotara, o se ahogara en sí mismo, y nuevas utopías hicieran acto de aparición, tal vez gracias a la globalización, quizás en relación a la ecología, o puede que por una fuerte indignación colectiva que ya ha comenzado a latir.

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Autor: carlesbove

www.about.me/carlesBS

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